¡Por su rico
amor casero!
Un 7 de octubre de 1993, Dios la llamó, quiso tenerla junto con él. ¡Y claro!, si yo fuera Dios, al igual que él, ni lo dudaría en tenerla en el cielo. Realmente era una persona difícil de olvidar y muy fácil de recordar, porque siempre vivía con una gran chispa, pese a sus problemas.
Mi madrina y tía a la vez, Rosa Elvira Hinojos, apenas había comenzado a vivir su tercera década, cuando el cáncer comenzó a apoderarse poco a poco de su cuerpo. (En ese entonces, no había grandes campañas de prevención, ni milagrosos medicamentos).
Aproximadamente, en el año de 1985 se lo diagnosticaron, por lo tanto, creo que Dios fue generoso con nosotros, porque la disfrutamos ocho años más, aun y con sus malestares, mismos que siempre enfrentaba con buen humor.
“No se preocupen solamente tengo una bonita que se sube y se baja”, expresaba, haciendo referencia a la canción que en ese tiempo estaba de moda del Grupo Garibaldi.
No sé que tenía la casa de mi tía Rosa, que mi infancia literalmente la viví allí, me encantaba jugar en el patio, que era un mega-espacio, invadido de árboles de aguacates, moras, toda clase de plantas. Era toda una aventura pasarse las tardes jugando con mis primas Rosy y Silvia, sus hijas, quienes aún deben de extrañarla de manera interminable.
Mmmm, y no se diga, cuando por las tardes-noches comenzaba a preparar la cena, las tortillas de harina olían muy rico mientras se cocían. Ahora me doy cuenta de que su casa no era la que tenía el encanto, sino ella, mi tía.
Después de muerta, muchos años la soñé, me decían que tenía que visitarla para que dejar de aparecer en mis “ilusiones” nocturnas; sin embargo, me resistía. Apenas hace seis años acudí al panteón a visitarla. Desde entonces ya no la sueño, por fin la deje descansar.
Creo que desde su trinchera está haciendo su labor “guiándonos” por el buen camino, cuidando a mi tío Miguel, quien desde hace años se encuentra desamparado, porque aún y con la compañía de sus hijos, Rosy, Silvia, Miguel y Pablo, pues le falta su pareja, su “negra”, como le llamaba cariñosamente, ya no tiene con quien bailar las polkas de manera coordinada.
Él, ahora, se reconforta con la compañía de sus nietos, mismos que ella no llegó a conocer, debido a que sus hijos, aún eran pequeños cuando ella murió, no alcanzó el nacimiento de Samantha, a quien, sus papás Silvia y Julio le celebrarán el próximo 19 de Noviembre sus XV años.
Mi tía Rosa, no tenía grandes inversiones, ni terrenos para heredar; pero, estoy convencida que todo su amor lo dejo “congelado”, en ese refrigerador, que por más de cuatro décadas ha permanecido en su casa, y cada vez que pueden mis primos agarran una dosis y se la inyectan a sus retoños.

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